(Escrito originariamente el 25 de febrero de 2009)

Prince Rogers Nelson. Un crack. Hoy me he acordado de él, y de lo mucho que disfruté viviendo un idilio que duró muchos años. Me gustaría contároslo… Allá por el año 1989 mi hermano, gran guitarrista por aquel entonces, escuchaba la música más variopinta que pudiérais imaginar. Podías encontrarlo en su cuarto escuchando (o incluso tocando) a Frank Zappa, seguido de Eric Clapton, Saxon, Motorhead, Deep Purple o los Kiss. Ablandándose con el paso del tiempo, su pasado más heavy dió paso a un paladar musical mucho más refinado, que saboreaba voces y guitarras de gente como Bowie, Gerry Raferty, Mark Knopfler o incluso Prince. Creo que sus primeros cassettes de éste último, originales, por supuesto, fueron «Purple Rain», «Sign ´o´the times» y «Parade». Yo, que de fondo escuchaba a modo de banda sonora cada música que él oía, prestaba poca atención, pero se iba grabando cada melodía a fuego en mi inconsciente. A mis 13 años mi hermano se independizó junto a su amigo Eu, y yo, más por pasar mis aburridas vacaciones de verano que por ayudar, los acompañé durante todo el periplo de limpieza, bricolaje, pintura y acondicionamiento del piso que ocuparían. Durante esos días, que no fueron menos de 15, y no más de 30, pasé más de 8 horas al día escuchando la misma puta cinta de cassette TDK90. En un alarde de originalidad propio de grandes mentes creadoras como la de mi hermano la tituló: «The best of Prince». Olé sus cojones. Durante aquel verano entró por cada poro de mi piel, al mismo tiempo que escapaba el sudor, con enorme fuerza cada canción de esos 90 minutos. No más de 25 canciones, imagino, pero que hicieron que por mí mismo, y en tiempos en los que no existía Internet, dedicara mucho esfuerzo en conocer la vida y obra del «Príncipe (o enano) de Minneapolis». Recuerdo que en la Biblioteca Regional encontré una biografía que incluía unas lamentables traducciones de las canciones, en la revista «Rolling Stone» y «El gran musical» artículos y pósters, y en El Corte Inglés cada uno de los discos de su, ya entonces, amplia discografía. Comencé a tocar la guitarra y entonaba en la soledad de mi habitación canciones del pequeñín. Soledad imaginada por mí, porque las vecinas alertaban a mi madre de lo molesto que podía llegar a ser oir mis falsetes imitando al café con leche de Prince. Aprendí su vida, mejor casi que él mismo, sus canciones, sus secretos y mitos, y hasta mentiras, como aquella que decía que si se había acostado con Kim Bassinger, que si era bisexual, que si tocaba no sé cuantos mil instrumentos (de conservatorio), etc. Conseguí, no sé cómo, la película «Under the cherry moon», «Purple Rain», y varios conciertos. En aquellos años ser de Michael Jackson o de Prince era algo parecido a ser del Barça o Real Madrid, y eso motivó que aún hoy en día, no soporte al Jackson, porque aunque alguna canción me gustara, era como ponerle cuernos al ‘perillicas’ de mi Prince, y eso sería inadmisible, o si no, a cuento de qué tenía yo la pared de mi cuarto llena de fotos, recortes y pósters de él. Un buen día Prince, en su casa de Paisley Park, rodeado de tías, lujos y excentricidades, se levantó con el pié izquierdo, y como diría Joaquín Reyes si lo parodiara en Muchachada Nui, diría algo así como: «Soy más raro que un cuadro de Stewie Wonder, así que hoy ya no me quiero llamar Prince, me quiero llamar » Y así fue como empezó a írsele la olla al genio de Prince. Se hizo directivo de la Warner. Que si llámame tal, con el simbolico, pero te hago una canción que se llama «My name is Prince». Así que no se decidía ni él. A pesar de eso un día mi hermano me hizo feliz al comprar dos entradas para ir a Madrid, a la Plaza de toros de las Ventas, a ver un concierto suyo (de Prince, no de mi hermano). Yo, todo un crío, con 17 ó 18 años me fui a ver al gran artistazo del nombre raro a Madrid. Primeras filas, espectáculo asombroso, grandes canciones (la mayoría de aquella cinta «The best…»). Conciertazo, salvo el detalle de que pidiendo unos bocadillos en las barras de la plaza de toros que hay en los pasillos de la plaza, comenzó Purple Rain, y para cuando volvíamos a las escaleras desde dónde ya se veía algo del concierto, ya estaba acabando la canción. A pesar de que me esforcé por seguir alimentando la llama del fan que había en mí, cada día era una cuenta atrás hasta el momento de mandarlo a tomar por culo. Incluso encargué en una joyería, y en plata de ley, el simbolito de los cojones en colgante, cosa que pocos admiradores habrán hecho por allá por las américas. Pero nada, a mí la música cada vez más funky, más ecléctica me molaba menos. Cada vez llevaba más negros a su lado cantando y bailando, y eso en Baltimore o Minneapolis quizá triunfe, pero en Murcia no, habíamos pasado del melódico «Nothing compares 2U» al «Sexy Mother Fucker».
A partir de ahí todo fue en picado, nuestra relación se deterioró hasta el punto de que ahora, si me apareciera un botón de descarga que pusiera «THE BLACK ALBUM» free download, ni siquiera lo pulsaría, y eso que durante años ese disco era todo un expediente X en su carrera, porque no se había llegado a publicar. Hoy en día, disfruto oyendo sus canciones, teniendo en cuenta lo poco que lo hago, y poco más. Recuerdo con cierto cariño que durante mucho tiempo pasé horas y horas y horas escuchando sus canciones, y que para siempre llevaré conmigo joyas como «The beautiful ones», «Little Red Corvette», «Slow love», y muchas otras más en mi corazón. Aunque cuando saliera el Napster él fuera de los quejicas.

NOTA: No hay vídeo homenaje en este post porque al principito no le gusta salir en Youtube ni nada de eso. No me extraña que sea porque se ve feo pixelado. Raro, raro.

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