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Hace ochenta años, que se dice pronto, ochenta, que comenzó una cruenta Guerra Civil que enfrentó a vecinos y paisanos de nuestro país. A diferencia de otros Estados en los que se han superado del todo cuestiones relativas a un conflicto fraternal, en nuestro país algunos siguen empeñados en rescatar la batalla, no como elemento histórico-pedagógico y preventivo (por aquello de conocer el pasado, para entender el presente, y predecir el futuro), sino más como agravio entre contemporáneos que, por cierto, no tuvimos nada que ver con aquello que ocurrió, por mucho que compartamos material genético con verdugos e inocentes de ambos bandos. El mismo ADN que compartimos, salvo inmigrantes, con los protagonistas de las guerras carlistas, la reconquista, o las púnicas. Puestos a buscar culpabilidades la historia nos ofrecería mil excusas.

Esta semana en Murcia se ha vivido un clima de tensión inédito, y basado, inexplicablemente, en lo que para mí es una falacia: que la Semana Santa en su conjunto estuviera en peligro, o fuera a ser prohibida de prosperar una iniciativa de la formación política Cambiemos Murcia en el Ayuntamiento de Murcia. Es la consecuencia de reducirlo todo a titulares, de que la política se haya transformado en una especie de reality show en directo, en donde en lugar de que las cuestiones se expliquen y entiendan con la extensión precisa de texto, todo se reduzca a 140 caracteres de un tuit. La propuesta iba más allá de la respetable idea de no participar representantes públicos en actos religiosos. Iba más allá porque pedía cierta ruptura de relaciones entre la Iglesia y lo civil, algo innecesario, y diría yo que en algunos casos nocivo: nada hay de malo en que se cedan espacios públicos a Cofradías para el desarrollo de su actividad, como no lo hay en que se ceda a asociaciones y colectivos de otro ámbito. Del mismo modo se puede entender el tema económico, pues no veo por qué, si se conceden subvenciones a entidades como la Agrupación Sardinera o la Federación de Peñas Huertanas, no pueden concederse a Cofradías que contribuyen con su actividad a enriquecer cultural y turísticamente nuestras festividades.

Pero la moción, además de excesiva, pecaba de algo más importante: la inoportunidad, pues aunque los firmantes repitieron el mantra de ‘abrir un debate sosegado’ o ‘reflexión’, haciéndolo como lo hicieron en vísperas de Viernes de Dolores de sosegado tendría poco, y sí mucho de visceral y pasional, nunca mejor dicho. Cuando no, y esto lo dejo a que cada uno lo juzgue, un tanto de provocación. Pero pese a esta torpeza política, o provocación, según se juzgue, la de mentar la soga en la casa del ahorcado, la reacción de los colectivos implicados, lejos de centrarse en la persuasión y la razón para ganar la batalla política, agigantaron al adversario y crearon un estado general de psicosis.

Estaba cantado que a nivel político la moción no prosperaría porque no contaría con los votos necesarios, pero aún así se combatió en los medios de comunicación, en los WhatsApp y redes sociales, haciendo correr la idea de que acudir en masa a la Glorieta era defender tradiciones, cultura, y lo que es más elevado: la propia libertad religiosa. Me decepciona pensar que personas con importantes responsabilidades políticas alentaran ese ambiente de cierta crispación, e incluso no intervinieran ante una situación antidemocrática como fue interrumpir sistemáticamente a un representante público que expone sus posicionamientos en un Salón de Plenos. Mención especial la valentía con la que el portavoz socialista en el Ayuntamiento de Murcia, José Ignacio Gras, intervino censurando los abucheos e interrupciones del público asistente, mientras el concejal Ramos defendía su moción. Habrá quien piense ahora aquello de: «Sí, pero es que en otra ocasión fue al revés». Vale. Lo sabemos, tan mal en una como en otra, no hay razones que lo justifiquen en ningún caso.

Es por ello que me dolió ver a amigos dejarse llevar por la masa y no ser capaces de leer las propuestas de Cambiemos Murcia, y admitir que, aunque torpe e inoportuna (o provocadora, me da igual), la moción debía ser vencida con los votos, y no con un escrache, porque eso es lo que fue la protesta del jueves frente al consistorio capitalino. Un escrache como los que, promovidos por sectores de la izquierda, en ocasiones han atentado contra las libertades de otros colectivos. Me explico aún más: Entiendo la indignación de aquellos a los que se le toca, aunque sea de lejos, lo suyo, pero el responsable político es espejo, es ejemplo, es líder, y debe responder de forma proporcional, no sea que caliente de más el ambiente, por mucha razón que se pueda o no tener, y los calentones tengan consecuencias.

La película «La Ola«, pese a ser ficción y tratar un experimento sociológico, retrata perfectamente cómo en ocasiones se pierde el control de las situaciones, y basta con que alguien inconscientemente prenda una mecha para que se incendie todo un bosque, y el responsable inicial ya no pueda hacer nada por calmar a sus alentados. Es hoy momento de líderes públicos que enarbolen banderas de tolerancia y entendimiento, no de separaciones y disputas, pero desgraciadamente andamos escasos de ellos. En cambio, muchos de los de ahora se dedican a rememorar la cal viva, a apoyar a quiénes formaron parte del terrorismo de ETA, a crear opresores inexistentes en regiones periféricas, o a impedir el desempeño de la libertad de expresión en conferencias en universidades públicas. Tampoco sirven para mucho los mensajes tibios de la ‘nueva transición’, pues la tolerancia y el entendimiento también precisan de firmeza, y mucha, en la defensa de lo justo, y no de actitudes llenas de buenas palabras para todos en una especie de cobarde neutralidad. Como tampoco sirve, aunque cuele, hacer creer que es necesaria ‘la paz’ allá donde no ha habido ninguna ‘guerra’ ni ‘conflicto’, y mucho menos de dos bandos, sino totalitarismo terrorista que asesinaba y perseguía inocentes, como es el País Vasco. Y tampoco ayuda, evidentemente, rescatar fantasmas o defender la laicidad y algo más en el paquete, mientras los cofrades planchan sus túnicas.

Los conflictos en masa, generalmente, no comienzan por los primeros que se enfrentan, sino que comienzan por los Pilatos que prefieren contentar a las masas antes que decirles lo que no quieren escuchar. Lo fácil, esta semana en Murcia, y visto el panorama, era dejar pasar el follón, mirar para otro lado y no ganarse enemistades, que bastante jodido está ya el mundo como para complicarse uno más la vida, y eso es lo que ha triunfado. Pero como soy de los que piensan que esconderse sólo sirve para ser cómplice silente, aquí estoy para meterme en ‘fregaos’ de donde no me han llamado.

Soy un firme defensor del laicismo, entendido como la separación (que no ausencia de cooperación) de las instituciones religiosas y civiles. Mejor que yo lo explicó en 2011 Rafael Sánchez aquí, por lo que no lo plagiaré. Como hijo de Jesuita que soy, mi conocimiento y respeto por lo religioso es tal que, sin que sirva de excusatio non petita, no tengo que justificar ninguna de mis palabras sobre este asunto para aclarar malentendidos. Durante los años que estuve en la política activa traté de defender aquello que consideré justo, que consideré mejor para el conjunto de la ciudadanía, en ocasiones cediendo parte de mis planteamientos en pos del bien común (y equivocándome mucho, Dios me libre de la infalibilidad). Y con la misma honestidad con la que no participé en desfiles procesionales por convicción, sí que acudí como espectador (pagando mi silla, por supuesto) a procesiones, o promoví con enorme ilusión la declaración de la obra procesional de Salzillo como Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO (sí, aquí la iniciativa original, y aquí el acta del Pleno, página 54), aunque no se me haya reconocido posteriormente por ninguna institución implicada.

Me pregunto, al acabar de teclear, quién coño me mandaba escribir esto, y mojarme, en Semana Santa, y bajo el sol primaveral de este Domingo de Ramos, pero es que cuando siento miedo, como lo he sentido esta semana, prefiero advertir de lo que veo, no sea que nadie prevea las consecuencias, y acabemos echando en falta voces que llamen a la calma. Y yo siempre he preferido ser de esos.

Y por último, un mensaje para los responsables de todo ámbito: Calmémonos, centrémonos en solucionar los problemas que afectan a las personas que más lo necesitan, a arreglar las situaciones que ponen en peligro sus vidas, a mejorar las condiciones que les garantizan un futuro, y defendamos firmemente nuestros posicionamientos ideológicos sin cruzar líneas peligrosas. Y feliz Semana Santa a todos.

 

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